MICHEL PLATINI (1955) es el segundo gran líder del fútbol moderno detrás de Cruyff. Está claro que, desde joven, el actual presidente de la Uefa estaba hecho para dirigir, para mostrar su personalidad arrolladora en el campo. Una muestra de su carácter la tenemos en el principal rumor de la prensa rosa futbolera habido antes del Mundial del 82, cuando se dijo que Francia había dejado sin Torneo a uno de los mejores medios del país, Jean François Larios, porque se creía que había tenido un asuntillo con la mujer de la gran estrella gala. Otros, intentando buscar sólo explicaciones futbolísticas, insinuaron que no quería que, su hasta entonces compañero de equipo en el Saint Etienne, eclipsara su liderazgo en la selección. En cualquier caso está claro que Le Roi mandaba mucho y mandaba siempre.
Platini era un mediapunta creativo y pasador, no un delantero. Colocaba a sus compañeros, templaba y le gustaba dar pases al hueco para la carrera de los atacantes, aunque no actuaba como un centrocampista ofensivo, ya que le gustaba mucho la llegada al remate. Aunque controlaba el balón con maestría y regateaba con fluidez, no era un mago del balón; su toque no es el exquisito de Zidane, ni el fantasioso de Ronaldinho, o el genial de Maradona, ni siquiera el relampagueante e inesperado de Cruyff. A Michel le gustaba la sobriedad y la eficacia, pero sin dejar nunca de figurar.
La mayor exhibición de su carrera fue la Eurocopa de 1984, celebrada en su país, y de la que se proclamó campeón, máximo goleador y mejor jugador. Consiguió nueve goles en cinco partidos, tres con la pierna derecha, tres con la izquierda y tres de cabeza. El menos brillante fue el de la final contra España, con una falta que se le coló a Arconada por debajo del cuerpo. Platini quiso que su sello quedase grabado para siempre en ese torneo, y mostró más ambición que en ninguna otra competición de toda su trayectoria. Era el broche de oro y diamantes a una temporada tremenda en la que había ganado liga y Copa de Europa.
France Football estaba encantada con el hecho de que, al fin, un jugador de su país tuviera eco internacional y fuese, en justicia, uno de los mejores del mundo, y le otorgó tres señores Balones de Oro seguidos, 1983, 1984 y 1985, coincidiendo con las tres temporadas en que fue capocannonieri de la Serie A con la Juventus, equipo plagado de estrellas (sobre todo defensivas) en el que militó entre 1982 y su retirada en 1987, y con el que consiguió la Copa de Europa, la Recopa y un par de ligas, entre otros muchos trofeos. Italia era la principal competición, aunque fuese a base de mucho control defensivo y poca fantasía, juego al que Platini se adaptó bien porque él, a diferencia de los delanteros, no perdía ni un ápice de su capacidad goleadora, basada en las faltas y en las llegadas desde atrás, al tiempo que sobresalía su capacidad de líder. Su retirada temprana, a los 32 años, tras algunos problemas físicos, da una idea de que, como ya estaba claro que él ni era ni volvería a ser el mejor del mundo, (papeles reservados a Maradona y Van Basten), lo mejor era prepararse para seguir mandando y figurando. Un añito después ya entrenaba a la selección de su país, aunque eso no era más que la plataforma para colarse en los puestos directivos, primero de la Federación francesa, y luego de la Fifa y la Uefa, que preside desde 2007. A Le Roi siempre le ha gustado mandar.
Platini había sido estrella en su país desde antes de los 20 años, cuando subió a su primer equipo, el Nancy (luego triunfó en el Saint Etienne), a primera, en 1975, y pronto se consagró como el mejor jugador francés. Nadie discutía su disparo eficaz con ambas piernas, ni su liderazgo. Todos sabían quién era el Gallo.
Ya era la estrella de la desafortunada selección gala en el Mundial de 1978. Su país realizó dos excelentes Copas del Mundo en 1982 y 1986, pero siempre se encontraron con una aguerrida Alemania en las semifinales y Michel se quedó lejos de la gloria. En esos momentos no le sirvieron ni la clase de Rochetau, ni el toque de Giresse, ni el control de Tigana, ni la fuerza de Luis Fernández y Tresor o el gol de Papin, ni siquiera el dominio de Platini: más que nunca el fútbol era un deporte de once contra once en el que juegan todos y, hagas lo que hagas, gana Alemania (pero luego perdió ambas finales). Su carrera la acabó con 324 goles en partidos oficiuales, 41 de ellos para su selección (en 72 partidos). Le Roi, era un pedazo de mediapunta, y, aquí lo voy a decir, mi jugador francés favorito.
ZINEDINE ZIDANE (1972) era la otra cara de la sobriedad, la de un jugador con un control y conducción exquisito con el balón, tal vez el mejor en ese aspecto, una estrella del regate y el pase como casi ningún otro, aunque con menos llegada y mucha menos capacidad de liderazgo que Platini o Cruyff. Zidane era un maestro, un mediocentro ofensivo que coloco entre los 10s, entre los mediapuntas, por su talento inigualable y su capacidad de desequilibrio, superior a la de cualquier centrocampista. Curiosamente, France Football sólo le premió con el Balón de Oro durante el año en que ganó el Mundial (1998), pero sí se llevó tres veces el Fifa World Player (1998, 2000 y 2003).
En el Mundial celebrado en su país, los partidos acabaron por ponerse siempre de cara para la selección francesa, y su culminación fueron los dos goles de cabeza conseguidos por Zizou en la final tras sendos saques de esquina, algo que nadie esperaba. Les bleus no fueron un equipo brillante, pero anduvieron sobrados de goles en todos los momentos importantes, y Zidane se consagraba, al fin, como súperestrella.
Antes de esa consagración absoluta, Zinedine ya impartía sus lecciones como mejor jugador de la liga francesa (con el Cannes y el Burdeos) a mediados de los 90, apoyando al delantero, distribuyendo a las bandas y con su prodigioso control del balón en campo contrario. No eran todavía los tiempos de prodigar sus famosas ruletas, pero sí de pisar el balón, amagar a derecha e izquierda, y asistir a cualquier jugador en cualquier posición, otra de sus marcas inconfundibles.Sólo le faltaba fichar por un grande europeo, y es lo que hizo en 1996 con la Juventus.
Al lado del joven Del Piero, Zidane se consagró como el mejor mediapunta del mundo, aunque en Italia, con su juego duro y fuerte, siempre se dijo que era más un futbolista de hermosos ruidos que de nueces, y eso incluso tras verle ganar un Mundial, el Europeo de Naciones del 2000 y dos veces la Serie A.Sea como fuere, eran bien conscientes del talento inmenso que atesoraba y la Juventus sólo aceptó traspasarlo al Real Madrid por una cifra galáctica de 72 millones de euros, y tras una de sus temporadas más flojas en el Calcio, la 2000-2001.
En el Real Madrid, al que llegó con 29 años, cuajó de manera profunda porque su calidad técnica no era tamizada por el deseo excesivo de practicidad propio del fútbol italiano. Su gol más conocido fue la impresionante volea en la final de la Champions de 2002, y su otro título, la liga de 2003; bueno, pero bastante menos llamativo que los inagotables fuegos artificiales del Madrid galáctico, el de los zidanes y pavones, que quedó apartado por el Valencia de Benítez y barrido por el Barça de Ronaldinho. Muchas estrellas y poco orden con tanto baile de entrenadores y fichajes, el colmo de los cuales fue Beckham, al que Ferguson ya apartaba del Manchester porque se había convertido en modelo mucho más que en jugador de fútbol. De todos modos, en el Bernabéu pocos olvidan sus cinco temporadas de genialidad, de juego inteligente y fantasioso a la vez, y lo mucho que impresionaba leer juntos los nombres de Ronaldo, Raúl, Zidane y Figo.
Un ídolo como pocos ha habido en Chamartín, pese a que las últimas temporadas coincidieron con su brevísimo declive, porque Zidane decidió dejar el fútbol justo cuando comprobó en sus adentros que ya no era el de antes. En eso mostró ser más inteligente que la prensa internacional, que le había nombrado mejor jugador de la Copa del Mundo 2006, tal vez como homenaje al hecho de que dejaba el fútbol con el sabor amargo de una expulsión por haberle dado un cabezazo en el pecho a Materazzi durante la final.
Si lo hubiese escogido como centrocampista, sería el mejor de los últimos 40 años, Un Crack.
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