lunes, 19 de diciembre de 2011

Elegidos para la gloria (I) Quiero 10

DIEGO ARMANDO MARADONA (30-10-1960) quizá sea el jugador más conocido de la historia, la quintaesencia de la fascinación y la trascendencia mediática de la Copa Mundial de Fútbol. Si Cruyff era el mejor mediapunta líder, conductor y pasador del fútbol moderno, el gran precursor de una era, Maradona es la culminación de esa etapa previa al fútbol contemporáneo, el mediapunta más genial y con el juego más espectacular que se haya visto. Antes de ser absorbido por vicios y exceso de fama, Maradona era, ante todo, un jugador para disfrutar, un atacante eternamente imaginativo y divertido. Y más divertido y entretenido que nunca durante su etapa de primerísima juventud, los años en que estuvo jugando en Argentina hasta que el Barça lo fichó en 1982.
Debutó con Argentinos Juniors en la liga albiceleste cuando le faltaban unos días para cumplir los 16 años, el 20 de octubre de 1976, y apenas cuatro meses después ya disputaba su primer amistoso con la selección absoluta, aunque Menotti tenía muy claro que no llevaría a ese muchacho al Mundial del 78 por muy bien que jugase. Era demasiado joven y él ya tenía su equipo base en la cabeza. Fueron unos años excelentes para una estrella joven en formación, ya que se hallaba en un equipo con menos presión que los grandes de su país, y mucha menos que en Europa, allí podía dearrollar con libertad y alegría todo el fútbol ofensivo que llevaba dentro. Admiraba a todo el país, pero no era ese centro absoluto de atención mediática que le distrayese de su principal labor, encontrar placer con el balón al mismo tiempo que ganaba partidos. De esa etapa son algunos de sus goles más curiosos, esa especie de guiño picarón que eren sus entradas al área en gambeteo, ese pinchar la pelota en el control, un gol a gatas, uno con la cabeza desde el suelo, como en el colegio, la falta lateral imposible, una y mil acciones propias de un delantero único que tenía el mismo dominio en un campo con 50.000 personas del que tiene la estrellita del barrio en cualquier campito de niños de 12 años. La primera vez que fue conocido de forma internacional fue en el Mundial Juvenil de 1979, con una exhibición constante de Argentina, con Maradona como mejor jugador y Ramón Díaz máximo goleador.
 Con su club, Diego fue cinco veces máximo goleador entre los torneos Metropolitano (1978, 79, 80)  y Nacional (1979 y 80), y siguió desarrollando ese juego talentoso, libre e imaginativo. Con su físico chaparrete, podía aguantar las entradas normales de los defensas, que casi nunca le alcanzaban en velocidad. Entonces llegaba el momento de encarar al último defensor y chutar con su zurda precisa y poderosa, todavía no eran los tiempos de las rabonas, de las que abusó en su época de mayor fama, ni tampoco de hacer demasiado de centrocampista ofensivo; Maradona era más fiel al estilo de un delantero todoterreno, que bucaba paredes y apoyos en el compañero,pero pensaba en resolver él tanto con su pierna izquierda como de cabeza (consiguió 116 goles en 166 partidos).
En Febrero de 1981, debutó con su equipo favorito, Boca Juniors, uno de los dos grandes clubes de su país y también gigante en todo el fútbol sudamericano. Allí estuvo apenas 11 meses, porque Argentina se concentró muy pronto para preparar el Mundial de 1982, pero tuvo tiempo de ganar el Metropolitano de 1981 y de marcar 28 goles en 40 partidos. En Boca ya supo lo que era el seguimiento mediático, porque El 10 era el ídolo del país, y algunos de los comentaristas del equipo xeneize le calificaban como el mejor jugador argentino de todos los tiempos. El Pelusa se preparaba para la gloria absoluta en la Copa del Mundo de España antes de iniciar su periplo europeo en Barcelona.
 Argentina confiaba a ciegas en su estrella y en el magnífico trío de ataque que componía junto al también joven Díaz y al veterano Kempes, pero las cosas se empezaron a torcer desde el mismo partido de inauguración, celebrado en Barcelona, y en el que los albicelestes perdieron por 1 a 0 frente a Bélgica. La actuación argentina fue justita en la primera fase y muy poco brillante en la segunda, donde cayó frente a Italia y Brasil. El momento de Argentina y Maradona tendría que esperar bastante más, también porque su paso por la liga española estuvo marcado por la mala suerte en forma de lesiones (entrada de Goicoechea) o enfermedad (una hepatitis). Formaba una de las mejores parejas de extranjeros de esos timepos con Schuster, pero la suerte les fue esquiva y también notó el peso de haber fallado en el Mundial y de lo mucho que se esperaba de él en Europa; aunque eso no quitó que imprimese su sello en docenas de grandes jugadas y consiguiese unos estupendos 38 goles en 58 partidos. Muy bueno, pero no tanto como se esperaba del que se veía que debía ser el mejor jugador del mundo.
Su fichaje por el Barça era récord absoluto, pero todavía más lo fue su traspaso a Nápoles por unos 1.200 millones de pesetas de 1984. La etapa de Maradona en el Nápoli suele ser juzgada desde el tópico: el que dice que llevó a un equipillo de tres al cuarto de la nada hasta el doble Scudetto ganado en 1987 y 1990, amén de la Uefa de 1989, y eso en tiempos del mejor Milán de Sacchi,. No es así, el Nápoles de mediados de los 80 era un equipo de buen nivel, que ya había sido 3º  en la serie A justo antes de llegar Maradona, y con los años iría mejorando la plantilla para rodear a Maradona de jugadores que les permitiesen aspierar al título, como el brasileño Careca, que completó la delantera Mágica junto al Pelusa y Giordano. Maradona no fue un solo ante el peligro, sino el solista perfecto de una orquesta. En Italia, con un fútbol más defensivo y con marcas durísimas, el genio argentino desarrolló un juego más alejado del área: con muchos pases, insistiendo en los goles de falta, lanzando saques de esquina, abusando de las rabonas debido a su mal uso de la pierna derecha, dando espectáculo y fascinando a todo el Calcio con su imaginación y dominio del balón, que se alargaba hasta a los entrenamientos previos a los partidos. La perfecta idea de lo que suponía jugar en Italia en los años 80 lo da un dato. Maradona fue el máximo goleador de la temporada 1987-88 con sólo 15 golitos. Por eso hablamos de un Pelusa más en el papel de mediapunta y líder que en la capacidad anotadora demostrada en sus primeros años.
La idolatría napolitana por Maradona depende tanto de sus éxitos en el Calcio como de la trascendencia mediática que el astro argentino otorgó al equipo, y esa trascendencia está directamente relacionada con su magnífica actuación en el Mundial del 86, que le convirtió en gran estrella mundial más allá de lo imaginable y en símbolo de su país. Aquí la palabra mediático es esencial, porque si la conocida manita y luego el gol del barrilete cósmico los hubiese logrado frente a un equipo menos seguido su fama no hubiera sido tan grande ni tan rápida. Pero fue contra Inglaterra en los cuartos de final de la Copa del Mundo 1986, luego destacaría su partido ante Bélgica (el mejor del Pelusa en todo el Torneo) y el pase decisivo a Burruchaga para el 3-2 de la final ante Alemania. Argentina era campeona y Maradona daba el primer gran paso para convertirse en el futbolista más mediático del último cuarto de siglo. Pronto llegaron los éxitos en Nápoles y su buen comportamiento en el Mundial del 90, donde Argentina fue subcampeona.
 Su fama era inmensa, pero su caída muy cercana. Maradona tenía problemas de drogas y con la hacienda italiana, así que tuvo que marcharse en 1991 (tras 115 goles en 259 partidos) y empezaría el declive de su carrera en Sevilla y Argentina, con Newells y Boca. A nivel internacional, el símbolo de esa decadencia fue la cara desencajada y los ojos fuera de órbita en la celebración de su gol frente a Grecia durante la primera fase del Mundial 1994, el último de su carrera internacional. Pocos días después se hacía público su positivo por cocaína. Ni siquiera era el principio del fin, más bien la confirmación de que el fin real de Maradona se había consolidado años antes por su mala vida.
El legado del gran 10 argentino es el del fútbol más atractivo, imaginativo y espectacular del último cuarto del siglo XX, un despliegue único de talento individual. En cierta manera también un precursor de la fantasías y habilidades que les gusta desplegar a los delanteros más brillantes del fútbol contemporáneo, aunque ninguno (uno, sí, Messi) puede tener una zurda tan mágica e imprevisible como la de Dieguito. 


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