Hace veinte años encabezaba así mi artículo del Diari de Girona titulado "El destí de Tyson", durante los días del revuelo por su detención como acusado por la violación de una participante en el concurso de Miss América Negra, asunto que acabaría con sus huesos en la cárcel. Ahora, cuando se cumple un cuarto de siglo del combate que le convirtió en el campeón de los pesos pesados más joven de la historia, escuchamos en los medios de comunicación que el boxeador, arruinado varias veces pese a haber ingresado 300 millones de dólares en su carrera, se publicita para firmar autógrafos personalizados y hacerse fotos por dinero (entre 100 y 400 dólares), y que asiste y actúa como invitado especial en fiestas, cumpleaños y bodas, cual caprichosa atracción de feria de la sociedad pudiente, a cambio de unos apetitosos diez mil dólares. Su historia se parece a la de bastantes boxeadores. Nace el 30 de junio de 1966 en una familia cuyo padre les abandona cuando él tiene dos años, y a los trece añitos ya le han arrestado 38 veces por robos y violencia. Pero lo que distingue a este delincuente adolescente del resto del reformatorio es que tiene puños de acero. Eso lo descubre el entrenador Bobby Stewart y se lo recomienda a Cus d'Amato, que llevaba treinta años preparando campeones. Le sacan del reformatorio, le arropan y vigilan para que no vuelva a delinquir y encauzan su carácter violento para convertirlo, poco a poco, en una especie de máquina de guerra, en un boxeador tan jovencito como implacable. Se pasa al profesionalismo cuando aún no ha cumplido los 19 y hace 25 años, el 22 de noviembre de 1986, con apenas 20 años, consigue el título mundial de los pesados con un impresionante KO en el segundo asalto frente a Berbick.
D'Amato se portó como un padre-abuelo al estilo hollywoodiense con Iron Mike, y siempre se ha dicho que su muerte, en noviembre de 1985, le originó un problema mental que iría creciendo con el tiempo, pero llenarlo de ambición deportiva no es formarlo como persona. De eso me pude dar cuenta cuando Tyson estaba en plena cresta de la ola, en 1988, y la HBO le dedicaba una serie de vídeos que se hizo famosa en todo el mundo. Sus labios y su mente no sabían de bondad y justicia, sólo del sueño americano. La frase siempre era la misma, él podría conseguir cualquier cosa que se propusiera con su ambición sin límites ni barreras. Era el ridículo discurso del hombre burdamente todopoderoso contemporáneo, de un tiempo lleno de locura ambiciosa y economicista que desprecia mucho más la honradez del aurea mediocritas que la peor de las pestes, una sociedad de absurdos artículos sobre la prima de riesgo en lugar de sobre la verdad y que rinde pleitesía al demiurgo del mercado en lugar del Dios de la misericordia. Por alguna razón, con los años, me ha hecho recordar esos barrios de chabolas con un bosque de antenas parabólicas y pantallas de plasma, de las ciudades basura sin agua corriente, pero llenas de Ray Ban, de las calles de tierra y barro pisadas con zapatillas y gorras Nike con perfume a Cacharel. Igual que el tercer mundo ha copiado lo más despreciable de Occidente, pero casi ninguno de sus valores positivos, el mismo primer mundo anda desde hace años revuelto en el lodo de sus defectos y sin saber transmitir a sus hombres ricos y pobres la grandeza de la auténtica libertad y no la miseria de la especulación en bolsa.
A Tyson le habían enseñado a ser Zeus, pero no había aprendido cómo ser un buen hombre. Cuando estuvo en lo más alto se dejó llevar, algo muy comprensible, y su falta de disciplina le supuso la derrota frente a Buster Douglas en febrero de 1990. Pero lo peor no es relajarse deportivamente y perder, sino lo mal que aceptó ser humano y poder fallar. Su capricho sin límites lo mismo le hacía malgastar los muchos millones que ganaba, que no aceptar un no por respuesta de una mujer (por lista y aprovechada que fuese). Su orgullo y bravuconería le hacían pelearse con aparcacoches por cualquier tontería o morder orejas de rivales cuando no era capaz de vencerles en el ring. Iron Mike tenía los puños de acero, pero su corazón se había forjado en la peor escuela de la vida y no en el crisol del respeto. Su cuello era una torre de fuerza, pero su alma desconocía la dulzura del perdón y la comprensión. Las calles y la violencia raramente son la mejor Universidad si no se las sabe domeñar con las letras del amor.
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Tyson me atrajo como muy pocos deportistas lo han hecho. No era sólo su pegada y su agresividad extraordinarias, era esa increíble defensa basada en el balanceo constante del cuerpo (como Frazier, pero más rápido) para evitar el alcance de los boxeadores más altos (casi todos) y así colocar el sus tremendos mandobles al cuerpo y a la cara. Nada de golpes aislados, combinaciones constantes, presión al rival, preocuparle con el gancho para luego sorprenderle con el croché (el paralelo) y rematarle con el uppercut (hacia arriba). Y todo ello con una rapidez de pies y de manos imponente, esa velocidad que mata. Algunos aficionados del resto del mundo se hartaban de ver acabar tan pronto el combate después de haber pagado, pero poco nos importaba a quienes en España apenas habíamos oído hablar de canales privados en esos años finales de los 80. Iron Mike no tenía el carisma bocazas de Alí, pero su mirada implacable y su cuello desproporcionadamente ancho eran tan mediáticos como el baile del genio de Louisville. Gracias, Tyson, por esos knockouts inolvidables. Por la unificación del título para que en los rings se volviese a escuchar la dulce música del "Undisputed Heavyweight Champion of the Wooooooooooorld....." Por la pasión y la fuerza de aquel golpe supremo a Tyrell Biggs que le hizo volar toda la vaselina de su cara en una imagen televisiva para la historia. Por el poderío de tu recuperación frente a Bruno. Incluso por el espectacular KO a plomo del viejo e inteligente ex campeón Larry Holmes, que te había insultado en la rueda de prensa diciendo que acabarías como has acabado.
Gracias por tantos momentos de gloria y explosividad en muchas de tus 50 victorias, 44 de ellas antes del límite. Prefiero olvidar la tristeza de tus mordiscos en la oreja del gran Evander Holyfield, tus pobres trifulcas con Orlin Norris y Golota, tu deplorable final de carrera y, sobre todo, las cornadas que te ha dado la vida por tu mala cabeza y tu peor educado corazón. No hay nada más humano que la debilidad, ni nada más divino que el perdón. Ojalá que sepas llevar con dignidad tu futuro, incluso en las superficiales fiestas de los niños ricos, y dentro de muchos años puedas ser feliz y bueno en tu vejez. Siempre nos quedará tu estampa magnífica, la de uno de los grandes campeones de los pesos pesados. THANKS FOR THE MEMORIES.
Para acabar, aquí incluyo un reportaje hecho sobre su vida al final de su carrera, con un Tyson mucho más triste y reflexivo que el de los vídeos de 1988.
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