Hasta entonces ese puesto era una de las creaciones del catenaccio, una formación hecha para ganar títulos basándose en la defensa, y el líbero era un hombre escoba que cubría los huecos entre los marcadores. Cuando Beckenbauer pasó del centro del campo a liderar la zaga lo hizo de un modo distinto al que se había conocido hasta entonces, un defensa se convertía en el líder del equipo. Un líbero no era ya el hombre escoba que sólo intentaba cortar balones como último recurso, sino que se convertía en el jugador que salía con la pelota controlada, quien dirigía y colocaba a los marcadores y laterales, el que ordenaba todo el juego en su propio campo. Franz hizo brillar de un modo distinto el concepto de defensa, lo llevó a una nueva dimensión y lo adentró en el fútbol moderno.
Como centrocampista ya había sido elegido en el once ideal del Mundial de 1966, en el que marcó cuatro goles, pero en cuya final le tocó bailar con la más fea. Tuvo que olvidarse de cualquier creación y dedicarse al marcaje de la estrella rival, Bobby Charlton. En 1970 repitió lugar en el equipo del Campeonato, y esta vez la imagen no era la de un mediocentro desaprovechado en el partido decisivo, sino la de su brazo en cabestrillo para seguir jugando mientras padecía los dolores de una clavícula dislocada en la semifinal contra Italia. Sí, ya hacía tiempo que era un jugador conocido internacionalmente, ya había ganado una Recopa y una liga con el Bayern M unich, había sido subcampeón mundial, tercero y le habían elegido dos veces mejor futbolista de la Bundesliga. Pero ninguno de esos honores pudo compararse con el peso decisivo que tuvo su paso a esa posición que él convirtió en distinta a todo lo conocido hasta entonces.
Los éxitos fueron inmediatos. El Káiser del fútbol, arropado por el entrenador Helmut Schoen, se convertía en capitán de la selección alemana que ganaba la Eurocopa de 1972 justo después de anotarse su segunda Bundesliga, y se llevaba el galardón individual máximo del continente, el Balón de Oro. Pero los honores internacionales no eran los locales, y tanto en 1972 como en 1973 el elegido como jugador del año en la Bundesliga era el mediocentro y líder del Borussia Moenchengladbach, Gunther Netzer, a pesar de que fueron los muniqueses quienes se llevaron el título. Netzer, talentoso y con gran carácter, era el hombre que podía hacerle sombra como gran líder alemán por eso, y aprovechando su traspaso al Real Madrid, consigue que Schoen vuelva a las antiguas alineaciones de finales de los 60 y coloque a Overath como el mediocentro de Alemania, apartando así a Netzer de la selección que se proclama campeona del Mundo en la ciudad del Bayern, que un par de meses antes había ganado la primera de sus tres Copas de Europa, siendo el definitivo sucesor de un Ajax que se había quedado sin Cruyff. Esta vez no hay Balón de Oro, porque recae en el genial holandés por tercera vez, pero sí es elegido mejor jugador alemán del año y, sobre todo, se asienta como el lider definitivo de la selección.
El Káiser manejaba como nadie el ritmo del partido desde la defensa, ordenaba y dejaba que Overath mandase del centro del campo hacia adelante mientras no quisiese liderar al equipo, que era lo que pretendía Netzer con acierto.Esa Alemania tenía un gran sistema defensivo, con uno de los mejores marcadores de todos los tiempos, el pequeño Berti Vogts, y un central grande y muy fuerte, Schwarzenbeck. El lateral izquierdo era atípico porsu técnica y estilo de juego, Paul Breitner, pero además podía contar con el apoyo del centrocampista Bonhoff. Y siempre la consistencia de Beckenbauer, el líbero elegante conductor del balón, pasador, buen lanzador de falta y magníficamente posicionado en defensa, el jugador más grande que ha actuado en posiciones defensivas.
La Final
El juego de los germanos, no tenía la espectacularidad de la Naranja Mecánica de Cruyff, pero fue más eficaz porque también lo eran sus jugadores. En ese momento, para tratar de explicar la derrota holandesa, se habló de otro de esos conceptos curiosos del fútbol, el de la columna vertebral. Se dijo que un equipo debía construirse a partir de una columna vertebral sólida que iba del portero al delantero, y la teutona no podía serlo más. La primera vértebra de esa columna era uno de los mejores porteros de su tiempo, Sepp Maier. En el centro de la defensa, como ya he dicho, un "stopper" (se decía entonces) fuerte y poderoso que mencionaré dentro de unos capítulos, Schwarzenbeck, el hombre que le frustró al Atlético de Madrid el primer partido de la final de la Copa de Europa de ese mismo 1974. La vértebra clave era el gran líder, capitán, eje y estrella, Der Kaiser Franz (los emperadores llamados Francisco fueron habituales en el Imperio austrohúngaro); con una seguridad, dominio, liderazgo, aplomo, clase y elegancia que no podía igualar ningún otro defensa, por mucho empeño que pusiese el muy destacado líbero holandés, Ruud Krol. En la medular mandaba Rudi Overath, centrocampista veterano, listo y completo como muy pocos; tan listo que dejaba hacer a gusto a Beckenbauer. Y luego la vértebra decisiva, el delantero centro Gerd Müller, el mejor oportunista que ha dado este deporte.
En realidad la teoría de la columna vertebral era una ocurrencia útil y práctica más que una realidad consistente. Esa Alemania era la selección más eficaz de su tiempo, como he dicho, porque lo eran sus jugadores y su planteamiento, pero los once. Ya he nombrado a tres de los otros jugadores importantes fuera de esa columna: Vogts, Breitner y Bonhoff. Hay que añadir el sensacional volante Hoeness, letal como pocos, el veloz y talentoso segundo delantero Holzenbein y, en la final, Schoen se inclinó por un extremo clásico, veterano, habilidoso y regateador, Grabowski, en lugar del mediapunta todoterreno Cullman. Especialmente con la ausencia de Netzer, no eran jugadores para hacer un fútbol vistoso, pero menudo equipazo, uno de los mejores y más equilibrados de todos los tiempos.
El rival, eso sí, era temible, porque los chicos del holandés Rinus Míchels (Mr. Mármol) habían desplegado un sensacional juego de relevos, pases y ataque, el llamado fútbol total. Su delantera era imponente: Repp en el mejor momento goleador de su carrera, Rensenbrink de perfecto complemento ofensivo (elegido en el once ideal) y Cruyff majestuoso, el mejor del mundo, la quintaesencia del jugador moderno (escogido mejor jugador del Mundial). El centro del campo no era tontería, el mediocentro era el líder del Feyenoord y una de las figuras de la época, Van Hanegem, a su izquierda su compañero de club Wim Jensen, y a la derecha uno de los jugadores del Torneo: Neeskens (por supuesto en el once ideal). En defensa varios jugadores de moda, como el lateral derecho Suurbier, elegido en el once ideal, aunque a la hora de la verdad Vogts resultó mucho más decisivo; mandando, el líbero Krol, jugador de primer nivel, a su lado el central Rijsbergen y a la izquierda el lateral Haan. El portero era el veterano Jongbloed, uno de los menos seguros.
Los alemanes sólo colocaron dos hombres en el once ideal, ambos defensas: por supuesto el Káiser era uno, el otro, Paul Breitner, entonces lateral izquierdo. Los holandeses cuatro, y cuatro más los polacos, inspirados en ataque, pero ambos fueron derrotados por el equipo germano, siempre sólido y seguro Su marcaje individual era menos moderno y flexible que la zona tulipán, pero resultó más eficaz e impenetrable. Así que la Orange, una de las selecciones más atractivas que han pisado un campo de fútbol se tuvo que volver a casa cabizbaja y Beckenbauer alzaba la Copa en el Estadio Olímpico de Múnich.
La Final
El juego de los germanos, no tenía la espectacularidad de la Naranja Mecánica de Cruyff, pero fue más eficaz porque también lo eran sus jugadores. En ese momento, para tratar de explicar la derrota holandesa, se habló de otro de esos conceptos curiosos del fútbol, el de la columna vertebral. Se dijo que un equipo debía construirse a partir de una columna vertebral sólida que iba del portero al delantero, y la teutona no podía serlo más. La primera vértebra de esa columna era uno de los mejores porteros de su tiempo, Sepp Maier. En el centro de la defensa, como ya he dicho, un "stopper" (se decía entonces) fuerte y poderoso que mencionaré dentro de unos capítulos, Schwarzenbeck, el hombre que le frustró al Atlético de Madrid el primer partido de la final de la Copa de Europa de ese mismo 1974. La vértebra clave era el gran líder, capitán, eje y estrella, Der Kaiser Franz (los emperadores llamados Francisco fueron habituales en el Imperio austrohúngaro); con una seguridad, dominio, liderazgo, aplomo, clase y elegancia que no podía igualar ningún otro defensa, por mucho empeño que pusiese el muy destacado líbero holandés, Ruud Krol. En la medular mandaba Rudi Overath, centrocampista veterano, listo y completo como muy pocos; tan listo que dejaba hacer a gusto a Beckenbauer. Y luego la vértebra decisiva, el delantero centro Gerd Müller, el mejor oportunista que ha dado este deporte.
En realidad la teoría de la columna vertebral era una ocurrencia útil y práctica más que una realidad consistente. Esa Alemania era la selección más eficaz de su tiempo, como he dicho, porque lo eran sus jugadores y su planteamiento, pero los once. Ya he nombrado a tres de los otros jugadores importantes fuera de esa columna: Vogts, Breitner y Bonhoff. Hay que añadir el sensacional volante Hoeness, letal como pocos, el veloz y talentoso segundo delantero Holzenbein y, en la final, Schoen se inclinó por un extremo clásico, veterano, habilidoso y regateador, Grabowski, en lugar del mediapunta todoterreno Cullman. Especialmente con la ausencia de Netzer, no eran jugadores para hacer un fútbol vistoso, pero menudo equipazo, uno de los mejores y más equilibrados de todos los tiempos.
El rival, eso sí, era temible, porque los chicos del holandés Rinus Míchels (Mr. Mármol) habían desplegado un sensacional juego de relevos, pases y ataque, el llamado fútbol total. Su delantera era imponente: Repp en el mejor momento goleador de su carrera, Rensenbrink de perfecto complemento ofensivo (elegido en el once ideal) y Cruyff majestuoso, el mejor del mundo, la quintaesencia del jugador moderno (escogido mejor jugador del Mundial). El centro del campo no era tontería, el mediocentro era el líder del Feyenoord y una de las figuras de la época, Van Hanegem, a su izquierda su compañero de club Wim Jensen, y a la derecha uno de los jugadores del Torneo: Neeskens (por supuesto en el once ideal). En defensa varios jugadores de moda, como el lateral derecho Suurbier, elegido en el once ideal, aunque a la hora de la verdad Vogts resultó mucho más decisivo; mandando, el líbero Krol, jugador de primer nivel, a su lado el central Rijsbergen y a la izquierda el lateral Haan. El portero era el veterano Jongbloed, uno de los menos seguros.
Los alemanes sólo colocaron dos hombres en el once ideal, ambos defensas: por supuesto el Káiser era uno, el otro, Paul Breitner, entonces lateral izquierdo. Los holandeses cuatro, y cuatro más los polacos, inspirados en ataque, pero ambos fueron derrotados por el equipo germano, siempre sólido y seguro Su marcaje individual era menos moderno y flexible que la zona tulipán, pero resultó más eficaz e impenetrable. Así que la Orange, una de las selecciones más atractivas que han pisado un campo de fútbol se tuvo que volver a casa cabizbaja y Beckenbauer alzaba la Copa en el Estadio Olímpico de Múnich.
El Bayern seguía ganando la Copa de Europa en 1975 y 1976, mientras la Bundesliga les era esquiva por la ambición del Borussia de Moenchengladbach, sin Netzer pero con Simonsen, Stielike, Heynckes y Vogts. Ese año volvía a ser Balón de Oro, a pesar de que Alemania perdía la final de la Eurocopa frente a Checoslovaquia con el penalty de Panenka. Por fin, en 1977, el Káiser se decidía a abandonar Múnich para ir al equipo de moda en el mundo, el Cosmos de Nueva York, en el que Pelé estaba a punto de colgar las botas. Hasta 1980 ganó tres ligas antes de volver a Alemania con el rival norteño del Bayern, el Hamburgo, con quienes ganó la Bundesliga del 82, antes de retirarse de vuelta al Cosmos.
Beckenbauer ha sido elegido mejor jugador de la historia de Alemania y segundo mejor futbolista europeo del siglo XX, sólo detrás de Cruyff. Un premio a la altura de la gran innovación que supuso para el juego en los años 70. Y, en mi caso, una muestra de que para gustos, colores, porque el que escribe se enfrenta a toda lógica y proclamo mi debilidad por el gol, por eso le cambio su puesto por Der Bomber, Gerd Müller, pero admito que va contra toda lógica y opinión masiva desde hace 40 años.
Pero sí coincido en una cosa, como he dicho antes: El Káiser Franz es el mejor de todos los tiempos en puestos defensivos.
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