GAETANO SCIREA (1953-1989) fue el gran libre de la Azzurra campeona del mundo en 1982 y semifinalista en 1978, amén de participar también en el Campeonato de 1986. "Gai" representaba el auténtico toque de clase y elegancia frente a la fuerza bruta y la rudeza de tantos defensas italianos. Ya he comentado en varias ocasiones que el sistema defensivo de esa selección en el Mundial de España fue uno de los más eficaces e impenetrables que se han visto nunca, llegando a su culminación en los partidos decisivos con la baja del mediocentro creativo Antognoni y la incorporación de Bergomi. Los italianos se convertían en una máquina perfecta para cortar avances rivales y lanzarse al contraataque aprovechando la velocidad, el regate y el centro de Bruno Conti y el momento de inspiración inigualable de Paolo Rossi (el segundo delantero, fuese Graziani o Altobelli, era un complemento útil). A partir de allí, un muro de lucha incansable: Tardelli atacaba y defendía como un jabato, Oriali era uno de lo centrocampistas más especializados que se hayan visto en parar a rivales. Y luego cinco defensas como cinco soles, Gentile, Bergomi, Collovati, Scirea y Cabrini; juntos lo tenían todo, agresividad, dureza, resistencia, marcaje al límite, entradas, fuerza y velocidad, pero también técnica, inteligencia, visión, pases, salida del balón, elegancia y calidad, porque ahí estaba Scirea. El muro final era el veteranísimo y fabuloso Dino Zoff. Ocho hombres de primer nivel y coordinados al milímetro para conseguir un gol eran para desesperar a cualquier rival.
Muchos de esos jugadores pertenecían al mismo club, la Juventus; véanse, los mencionados Zoff, Gentile, Scirea, Cabrini, Tardelli y Rossi, junto a veteranos que fueron estrellas en el Mundial del 78, como Bettega, Causio y Benetti: o incluso Fabio Capello, (mundialista del 74), compañero y maestro en sus primeros años. Durante las 14 temporadas que el talentoso defensa jugó en el conjunto bianconero (1974-88) pasaron también varios de los mejores extranjeros de finales de los setenta y principios de los 80; el que más huella dejó fue Michel Platini y sus tres balones de oro y tres trofeos de máximo goleador del Calcio. En esos años Scirea lo ganó todo y en abundancia, el Scudetto cayó en 7 ocasiones, y él es uno de los pocos hombres que tiene en su haber las tres competiciones europeas clásicas: Copa de Europa (1985), Recopa (1984) y Uefa (1978).
Il Capitano Gaetano ordenaba con sutileza y dirigía con elegancia, no con dureza, y eso le valió no ser expulsado ni una sola vez en su espléndida carrera. Seguro en defensa, pero no demasiado veloz ni especialista en entradas al suelo, debía confiar en su posición y visión para arrebatar el balón a los delanteros contrarios. En eso, y en saber dirigir a sus compañeros más rápidos y agresivos, cosa que siempre supo hacer pese a no tener la capacidad de liderazgo de Baresi, que era más duro y mandón. Murió en un accidente de tráfico en Polonia.
FRANCO BARESI (1960) era el capitán y líder de otra gran defensa, en este caso de club, la del A.C. Milán. porque su periplo en la selección no fue tan afortunado, a pesar de sus más de 80 partidos con la azzurra. Los hermanos Baresi llevaban el liderazgo en la sangre, y la demostración es que el mayor, Giuseppe, fue durante años capitán en el Inter, mientras Franco, que fue rechazado de jovencito por los neriazzurri, se convirtió en la bandera de sus rivales, el AC. Él sí era un auténtico líbero italiano, un hombre duro, gritón, mandón y fuerte. Salía al corte con decisión, cubría los huecos entre los laterales y los centrales, y colocaba al equipo cuando el contrario llevaba la pelota. El joven Maldini era más talentoso y completo, Tassotti más duro y Costacurta más rápido y mejor marcador, pero Baresi destacaba por su personalidad arrolladora, una de las más impactantes que ha visto el Calcio.
FRANCO BARESI (1960) era el capitán y líder de otra gran defensa, en este caso de club, la del A.C. Milán. porque su periplo en la selección no fue tan afortunado, a pesar de sus más de 80 partidos con la azzurra. Los hermanos Baresi llevaban el liderazgo en la sangre, y la demostración es que el mayor, Giuseppe, fue durante años capitán en el Inter, mientras Franco, que fue rechazado de jovencito por los neriazzurri, se convirtió en la bandera de sus rivales, el AC. Él sí era un auténtico líbero italiano, un hombre duro, gritón, mandón y fuerte. Salía al corte con decisión, cubría los huecos entre los laterales y los centrales, y colocaba al equipo cuando el contrario llevaba la pelota. El joven Maldini era más talentoso y completo, Tassotti más duro y Costacurta más rápido y mejor marcador, pero Baresi destacaba por su personalidad arrolladora, una de las más impactantes que ha visto el Calcio.
Vivió la travesía en el desierto del escándalo Tangentópoli que, entre otras muchas consecuencias políticas y económicas, supuso el descenso del Milán a la serie B en 1980 por amaño de apuestas (el caso Moggi de la Juve de 2006 no era el primero de la historia), aunque eso no le impidió ser seleccionado para el Mundial 82, aunque sólo para el banquillo. Los rojinegros empezaron a recuperar su mejor nivel a partir de 1987, guiados por el entrenador Arrigo Sacchi y con el fichaje de la tremenda pareja holandesa Gullit y Van Basten en ataque, al que más adelante se añadió Rijkaard. Lo importante en aquel equipo fue el equilibrio entre un ataque brillante y demoleador y una defensa impenetrable, que por fin superaba la exagerada obsesión táctica del catenaccio. Ese equipo obtuvo dos Champions (89 y 90) que asombraron al continente, pero sólo un Scudetto (1988), porque la brillantez de su fútbol y de sus jugadores, como en dos de las eliminatorias con el Real Madrid, no vino acompañada de la misma regularidad ni suerte con las lesiones (sobre todo de Van Basten) a lo largo de la temporada. Tuvo que llegar el mucho menos apasionante y más amarreta juego del entrenador Fabio Capello (1991-96) para que abundasen las ligas, cuatro en cinco temporadas, (más la Champions de 1994). En cualquier caso, Baresi siempre era el hombre de confianza del entrenador para hacer de capitán del equipo y líder lleno de personalidad en defensa.
Su carrera internacional, a pesar de los más de ochenta partidos, no fue tan exitosa ni brillante como la de club. En 1990 Argentina les dejó sin la final de su Mundial, y su último gran partido la, entonces sí, final de 1994, le dejó un regusto amargo. Llegado de forma milagrosa tras su lesión en la primera fase frente a Noruega, realizó un partido excelente en la zaga y se mostró insuperable hasta para el mejor Romario, pero en la tanda de penaltis el líder de la defensa azzurra falló el primer lanzamiento. Luego la gran estrella ofensiva del equipo, Roberto Baggio, falló el último y se esfumaron sus posibilidades de ser campeón del mundo, porque se retiró del fútbol, siempre como capitán milanista, en 1997.
Por una cuestión de gusto personal, y tal vez de edad, me inclino por Scirea ligerísimamente por encima de Barsei, pero debo decir que seguramente no coincido con la mayoría, ya que la fuerte personalidad del rojinegro, y la mayor presencia de la tele, le convirtió en algo más mediático que el blanquinegro.